La valentía de la mujer doblegó a la oscurana

Curtida con la experiencia de la vida, Esther, de 61 años, al ver que habían pasado 10 horas sin servicio eléctrico -eran aproximadamente las 3:00 de la madrugada- llamó a dos de sus hijos para que la ayudaran a recoger agua, que aun fluía por la tubería.

“Es muy extraño que tengamos ya tantas horas sin luz y, si hay alguna falla grave, nos podemos quedar sin agua. Vamos a llenar todos los envases que podamos”, les manifestó al tiempo de quejarse del clima vaporoso que se había adueñado de la casa.

El sol se asomó y acabó con la noche, la primera de las cinco que pasaría a sin electricidad, luchando contra el calor maracaibero y los zancudos. Iniciaba el primer día que se sumaría para completar unas 102 horas sin un servicio indispensable no sólo en la cotidianidad, sino para el desenvolvimiento normal de centros de salud, de la banca, del comercio.

La luz se apagó el jueves 7 de marzo en horas de la tarde, casi acercándose la noche, tras un ataque sin precedentes en el corazón de la hidroeléctrica nacional, el Guri.

Salvar lo que podía de la nevera y contabilizar con lo que disponía para preparar los alimentos, fue la medida que Esther tomó cuando ya sumaban más de 60 horas sin el servicio, el cual le impedía asimismo poder adquirir productos por la falta de punto bancario y de escrúpulos de comerciantes que, aprovechando la tribulación, ofrecían su mercancía en dólares o a precios exorbitantes en la moneda nacional.

“Nadie me martiriza; la nobleza y la hermandad existen”, con estas palabras Esther fue de vecino en vecino, algunos de ellos aun pensando en la intervención de fuerzas extranjeras, y los convenció de reunir los alimentos que cada uno tenía y preparar comidas para todos hasta que se solventara la situación.

Crema de auyama, arroz con vegetales, arepas y mandocas (especie de rosca hecha con harina de maíz y plátano), fueron algunos de los platos preparados para el menú colectivo y de los que disfrutaban primero los niños y ancianos.

Esta es una de las cientos de experiencias que mujeres como Esther protagonizaron y que lograron doblegar a la oscurana premeditada, la cual pretendió hacer bajar la cabeza y confundir al venezolano. Una oscurana provocada que, lejos de su objetivo funesto para el pueblo y el país, logró darle luz a la camaradería entre hermanos, a la solidaridad, al amor, al sentido de pertenencia hacia la tierra que los vio nacer.

Historias valientes

Ya casi descongelado, Nancy Hevia, en el sector Primero de Mayo de Maracaibo, decidió junto a dos amigas preparar un pollo que tenía en su nevera, para que sirviera de relleno a unas arepas que repartirían a niños y adultos mayores de su comunidad.

“Yo tengo unos ajíes”, “yo una cebolla y una ramita de cilantro”, se reportaban sus compañeras de batalla para lograr los ingredientes y preparar el guiso; mientras hacían un paneo mental de cuántos niños, niñas, enfermos y ancianos eran sus vecinos.

Así, el tercer día en el que la falta de electricidad y sus inocultables consecuencias querían hacer mella en la conciencia de la gente. Emergen mujeres valerosas como Nancy, quien recorrió su cuadra y algunas cercanas, con una bandeja de comida para dar sustento y apoyo a cambio de una sonrisa.

Mientras tanto, habitantes al otro extremo de Maracaibo, capital de Zulia, mujeres comuneras hacia lo suyo para levantar los ánimos trabajando con el amor como ingrediente principal.

Anny Higgins cuenta que en la comuna Flor Montiel, las guerreras conformaron comedores voluntarios comunitarios, haciendo desayunos y almuerzos colectivos.

Para recrear a los más pequeños se organizaron unos juegos tradicionales y didácticos, y el momento fue propicio para hablarles de la paz, la solidaridad, la hermandad, la soberanía y la independencia.

“Nos querían llevar a la guerra y nuestras mujeres, a través de ese encuentro colectivo haciendo las comidas y atendiendo a los niños, todas juntas, logramos ser más fuertes y vencedoras”, relató.

Al norte de la ciudad, en la parroquia Juana de Ávila, otra valiente, Dalila Rodríguez, tomó la decisión y con sus vecinas elaboraron un registro de los alimentos con los que contaban, para así preparar las comidas que compartirían.

Con papel y lápiz hicieron la lista de enfermos y ancianos, de los medicamentos que tomaban, de los carros con los que contaban y de los ambulatorios y CDI, en caso de alguna emergencia.

“Fue el momento de unirnos y compartir; experimenté la más hermosa solidaridad, gente que nos adversa, se unió en la solidaridad y comprendí que una guerra, una bomba, una intervención, no escoge sus víctimas”, reflexionó Dalila.

AVN –

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